EDUCACIÓN: ¿REYES O VASALLOS?

Tiziano Tizona
Mientras filósofos, músicos y artistas plásticos andan locos de alegría con Alegría (Pilar) porque los políticos con la citada ministra a la cabeza le han hecho la trece catorce con sus materias pese a las promesas y compromisos (algunos por unanimidad en el Congreso de los Diputados); sale el historiador e investigador del CSIC, Alfredo Albar, a través de su obra ‘Espejos de príncipes y avisos a princesas. La educación palaciega en la Casa de Austria’ y nos pone delante del hocico la importancia de las humanidades en la educación para los que estaban destinados a regir uno de los mayores imperios hasta hoy conocidos. Ni estamos en los siglos XVI o XVII, ni probablemente ninguno de nuestros alumnos esté llamado a dominar el orbe, o por lo menos eso espero, que os veo venir. Los Austrias contrataban para la educación de sus hijos a lo mejorcito del espectro humanista de sus épocas y lo consideraban fundamental para su preparación con vistas a tener la cabeza amuebladita para encarar los complicadísimos retos y decisiones a tomar y de las cuales dependían multitud de haciendas y vidas. No estaría de más que nuestra “dale a tu cuerpo Alegría” y sus compañeros y rivales en calentar sillón acolchado reflexionasen sobre la adaptabilidad de esa postura educativa a los tiempos actuales con personitas, si no príncipes ni princesas, tan dignas de consideración, puede que más, como ellos. Que borren las humanidades, las vacíen trileando con sus contenidos o disfrázandolas de unicornios bajos en colesterol, que el hacer esté por encima de el saber, que les robemos la oportunidad del conocimiento de tantos hombres y mujeres, de tantos hechos y situaciones, de tanto arte, de tanta música, de tanto pensamiento en honor a encender un ordenador y teclear, abrazar correctamente una maceta o jipilondiar siestas disfrazadas de neobudismo, de tenerlos horas y horas viendo cosas en una pantalla, que la referencia no sea Erasmo o Juan Luis Vives (lo digo por el tema de los instructores) sino un sucedáneo de Bill Gates… por lo menos a mí, no acaba de convencerme de que es lo mejor para nuestro alumnado… ni para nuestra sociedad.