¿POR QUÉ PETAMOS LOS DOCENTES?

Tiziano Tizona
Cada vez son más los compañeros a los que se les salta el fusible y petan. No es extraño que todos conozcamos casos de estrés, ansiedad, depresión entre nuestras plantillas. Quedó atrás eso de “vives mejor que un maestro”. ¿Cómo hemos llegado a esta situación en la cual ese tipo de enfermedades pasaron de ser algo puntual y anecdótico a algo cada vez más cotidiano? En mi opinión se debe principalmente a que hemos permitido asumir nuevas responsabilidades que en un principio no nos pertenecían y para los que no nos han preparado en nuestra formación académica. A la ya por sí ardua tarea de transmitir conocimientos y cultura, hemos de añadir componentes emocionales solo al alcance de determinados especialistas en psicología, incluso hemos de evaluar algo tan subjetivo como la gestión de las emociones de nuestros chicos (ojo, siempre se ha hecho el tema de escuchar e intentar ayudar al alumno alicaído, al desganado, al poco socializado…pero ahora añadimos la burocracia como prueba de carga y asunción de responsabilidades); somos responsables, no ya de la motivación, sino de la felicidad y el divertimento del alumnado en las clases, revistiendo el trabajo (el estudiante no deja de realizar, en cierto modo, un “trabajo» pagado por la sociedad para el progreso y el bienestar común) con un componente lúdico del que muchas veces carece. Porque una cosa es que una persona trabaje, se parta el lomo, para poder pagar facturas y sacar adelante a sus seres cercanos, y otra es que se lo pase pipa cambiando neumáticos o envolviendo cajitas en Amazon. Durante esta pandemia hemos hecho de informáticos (algunos aprendiendo a la carrera con plataformas oficiales obsoletas e inservibles) e incluso de enfermeros poniéndonos en riesgo sin rechistar y nadando en un mar de burocracia más, que se lo cuenten a los responsables COVID de los centros. Hoy en día, en algunas comunidades autónomas, tenemos que preparar los espacios y el protocolo para que los niños se vacunen en ellos soportando, por cierto, el cuñadismo de los padres antivacunas. Cuando algún niño es acosado desde casa, con aplicaciones que no deben usar , con móviles regalados por los padres y en horarios no lectivos, el asunto suele salpicar a los responsables de los centros que ni les han comprado el móvil (de hecho no suele estar permitido en los colegios), ni les han pagado los datos, ni les han permitido “bajarse” ni inscribirse en tal o pascual red social. Lo mismo que si se jopean en el parquecito de al lado del colegio, que es si como se produjera un atraco en la calle Hermosilla e hicieran responsable de gestionarlo a “El Corte Inglés”. Todo ello acompañado de un vaciado de nuestra función de enseñantes, de sus contenidos, de su capacidad para dilucidar qué se aprende, cómo y de qué manera se mide…todo ello desvirtuado en competencias, ámbitos, decisiones colegiadas (lo cual está bien, pero que me expliquen a mí como juzgo yo que un alumno ha aprendido química o no si apenas me da para conocer la fórmula del agua) tendiendo a convertirnos en meros acompañantes del aprendizaje según los centros de interés de cada alumno. Sumamos a esto las ratios elevadas y los varios niveles académicos por aula que van desde aprender a leer y escribir correctamente hasta la química orgánica en muchos casos, sabiendo que es materialmente imposible atender a todos tal y como merecen, mientras la administración se niega a aumentar plantillas porque se gasta la pasta en aparatitos para mayor gloria y “bisnes» de los gigantes de la tecnología y las telecomunicaciones. A añadir el constante bombardeo de desprestigio en los medios de comunicación que ha calado en la sociedad que han convertido a los que eran nuestros aliados, los padres, en adversarios.
Pues claro que petamos, pocos me parecen para como está el patio.