CAL Y ARENA

Tiziano Tizona
Esta profesión nuestra, compañeros, reparte cal y arena por días. Los hay en que a uno de dan ganas de decir: “Ahí os quedáis: tengo brazos y cabeza para dedicarme a otra cosa. No os necesito”. Son los menos, es cierto. Pero a veces la pestilencia, las malas artes, el criterio inducido, el maquiavelismo de todo a cien y la vacuidad forman un contubernio encarado a sacarte de la pista. Pero claro, automáticamente viene a la cabeza lo importante que es la función que la vida te ha asignado y la necesidad de dignificar una profesión vapuleada desde fuera y, lo que es peor, desde dentro. Los valores hechos pilares que te transmitieron cuando apenas eras un novillete y la consigna irrenunciable de dormir a pierna suelta sin que la conciencia te desvele, te hace seguir día tras día en la pelea. Y cada obstáculo se convierte en acicate y cada error, propio o ajeno, en aprendizaje. El placer de levantarse, la belleza de la herida y la alegría del combate te encarrilan a un maravilloso estoicismo que, antes o después, está irremediablemente condenado, cuanto menos, al autoaplauso (el único importante en el fondo) . Somos David en un mundo docente de Goliat, pero tenemos una honda, un pedrusco y, sobre todo, un rebaño al que cuidar.