AQUELLOS MAESTROS VERSUS POCOYÓ

Tiziano Tizona
Recuerdo muchas veces, mientras analizo algunas de las llamadas nuevas pedagogías, a ese maestro – uno o dos por curso escolar – que con sólo entrar en el aula creaba un silencio expectante y te ponía el cerebro en modo esponja; tal era su erudición, su dominio de la materia, sus ganas de enseñar y (perdónenme los apóstoles de las nuevas tendencias) su autoridad en el conocimiento a sembrar en nuestra cabezota. Los he conocido de biología, de matemáticas, de historia, de literatura, de filosofía e incluso de religión. Seguro que ustedes también recuerdan a esa especie de mitos de la pizarra, de la oratoria, de la pasión y de la tiza, por los que, gracias a ellos, uno se enganchó al tema de darle al libro, al lápiz, al subrayador, al esquema y a seguir estudiando; lo que significaba no tener un chelin en los bolsillos. Y lo poco que ganaba dando clases particulares o poniendo copas, lo ahorraba y lo invertía en los estudios (se quejan de las becas actuales), todo por la magia que desprendían ellos (o ellas): quería ser como ellos – Mientras, mis colegas ganaban pasta a porrillo (eran otros tiempos) -. Eran modelo de vida docente… Ahora pónganme una tablet en la que aparezca Pocoyó haciendo divisiones mientras yo decido qué y cómo aprender.

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