EL SÍNDROME DEL MAESTRO

Tiziano Tizona
Ya encarando el tercer trimestre, el definitivo, el reino de la burocracia nos hace prever los repetidores, dicen que ha de ser extraordinaria pero todo apunta que pueden ser legión dado que el año pasado la manga llegó (en muchos casos, no en todos) a Tombuctú. Vienen los ardores de equipos directivos y el síndrome del maestro (no he hecho lo posible para que Fulano o Petana aprueben). Y es que nos han convencido de que los máximos responsables del fracaso escolar somos los docentes (que lo somos en parte, no cabe duda) y han eximido de la propia responsabilidad de su propio aprendizaje al alumnado. Lo cierto es que si un mastodonte se está tocando la zona ovoidal, dando por el circular todo un año y le cae hasta la asignatura de sentarse; es que usted, docente, no motiva lo suficiente. Que si el padre de turno le hace las tareas, no le deja ni coger el lápiz y luego el nene se estrella en las pruebas, es que “en casa se lo sabía y usted lo pone nervioso y se queda en blanco”. Ojo, no hablo de los chavales con dificultades educativas, a esos el pan, la sal, el tiempo y el espacio que sea menester. De hecho, los que se esfuerzan y son constantes llegan al éxito irremediablemente antes o después. Tampoco a las joyas que todavía circulan por las aulas que con todo en contra aprenden, esos conocerán el reino del conocimiento y la ilustración. Se hace lo que se puede, el mismo maestro que lleva al éxito a unos con una mínima implicación de estos, no es justo que se eche a los lomos el fracaso de otros si esa implicación ha brillado por su ausencia. Así que, compañeros, no hay más juez que la propia conciencia; que ella dictamine. No nos engañemos a nosotros mismos y, sobre todo, no engañemos a nuestros alumnos. Se ponga como se ponga, Celaá, el Consejero, Agamenón o su porquero.

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