EL DEDO CORAZÓN DEL SER DOCENTE

Tiziano Tizona
Cuando en la playa ves a un ser que busca cobijo lejos de la chiquillería y los mira con desdén, que con su libro de lectura fresca (nada del Ulises de Joyce) y su subrayador en la boca, o dándole vueltas a un crucigrama, siempre buscando el silencio o el arrullo del oleaje como mucho: ese ser es un docente. Lo distinguirás por su media sonrisa condescendiente cuando el Richard de tres sombrillas más allá le ha tirado arena en la sandía de la Jeny, y la madre endemoniada clama a los cielos: “¡Qué ganas tengo de que empiece el colegio de una vez!”. El ser docente mirará la fecha del periódico y hará mentalmente una sustracción para confirmar que todavía le quedan dos dígitos de días para tener que llamar la atención a los Richards y las Jennys del orbe. Y sonreirá de una manera cercana a éxtasis teresiano. Y girará la hamaca en dirección opuesta para que nadie se cosque del bienestar que le inunda. Con el subrayador de su boca se dedicará a pintarle bigote y perilla a la foto de la ministra de educación o a adornar con cuernos al consejero de turno sobre la foto del diario. Al fondo se oye al padre de la Jeny y del Richard mascullar: “¡Qué bien viven los maestros!”. El dedo corazón de la mano derecha del ser docente se alza automáticamente en un movimiento reflejo e irreflexivo.

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